Profe Felix
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Cartas a un yo que ya no existe





CAPÍTULO I — El Cajón Olvidado 

Ella tenía diecisiete años cuando encontró la caja. Estaba al fondo del viejo armario, detrás de ropa que ya no usaba y recuerdos que había querido olvidar. Era una cajita azul, con las esquinas gastadas y un listón medio deshecho. No recordaba haberla guardado ahí. Cuando la abrió, se encontró con algo que la dejó sin aliento: cartas. Muchas. Todas escritas por ella misma… a los trece años. Cada sobre tenía su letra temblorosa y una fecha escrita con plumón morado. Había una para “cuando cumplas 15”, otra para “cuando estés triste”, otra para “cuando te sientas sola”, y muchas más. Pero ninguna había sido abierta. Sintió un peso en el pecho. “¿Por qué dejé de ser esa niña?” Se sentó en el borde de la cama y decidió leer la primera. Fue como escuchar una voz que llevaba años callada. 

CAPÍTULO II — La Voz Que Había Perdido

 La carta decía: "Hola, yo del futuro. Ojalá sigas siendo fuerte, ojalá no te hayas rendido. Y por favor… no olvides lo que te hace feliz." La adolescente se quedó quieta. De repente, recordó que a los 13 años soñaba con ser escritora, con pintar, con reír por cualquier tontería. Recordó que se levantaba cada día con ilusión por el simple hecho de existir. Ahora… ya no era así. Sintió un nudo en la garganta. La niña que alguna vez fue parecía más sabia que ella. Decidió leer otra carta. "Espero que sigas creyendo en ti. Si no lo haces, vuelve aquí. Yo aún creo en ti." Lloró. Lloró porque se dio cuenta de cuánto se había dejado caer sin darse cuenta. Lloró porque esa niña la conocía mejor que nadie. Y esa noche, antes de dormir, tomó una decisión: le respondería. 

CAPÍTULO III — Respuesta a un Fantasma Sacó una hoja en blanco. 

Sus manos temblaban. "Hola, pequeña. No sé si soy la persona que querías que fuera. De hecho, creo que te fallé varias veces. Me alejé de lo que amabas, dejé de soñar y dejé que el mundo me hiciera sentir pequeña." Hizo una pausa y siguió: "Pero encontrarte hoy… me hizo recordar quién era. No te prometo que seré fuerte todos los días. Pero sí te prometo que intentaré volver a ser tú, aunque sea un poquito." Dobló la carta, respiró hondo y la guardó en la misma caja. Era la primera vez, en mucho tiempo, que sintió algo parecido a alivio. Como si por fin hubiera hablado con la parte de ella que siempre estuvo esperando ser escuchada. 

CAPÍTULO IV — Aprender a Habitarse 

Durante las siguientes semanas abrió una carta cada noche. Algunas hablaban de sueños con lugares que nunca visitó. Otras, de miedos que aún llevaba dentro. Otras, de personas que ya no existían en su vida. Una le dolió especialmente: "Si algún día sientes que estás sola, recuerda que yo estoy contigo. Porque tú eres yo… solo que más grande." Se dio cuenta de que había pasado años enteros ignorándose. Intentando encajar, intentando no sentir, intentando crecer demasiado rápido. Ahora entendía algo: la adolescencia no era solo crecer hacia adelante, sino también aprender a regresar. A veces, para seguir, debía volver atrás. Regresar a la niña que sabía quién era antes de olvidarse. 

CAPÍTULO V — La Última Carta 

Un día encontró un sobre sin abrir, sin fecha, sin título. Lo abrió con cuidado. Adentro solo había una frase: "Cuando leas esto… ya no me necesitarás." Se quedó mirando esas palabras largo rato. Y por primera vez, no sintió tristeza, sino una especie de libertad suave. No necesitaba a su yo del pasado porque había aprendido a escucharse en el presente. Guardó la caja, pero no para esconderla. La puso sobre su escritorio, como quien cuida un tesoro. Y esa noche escribió la carta final: "Gracias por esperarme. Ya estoy de vuelta." Cerró el sobre, respiró profundo y sonrió. Porque entendió que crecer no era olvidar quién había sido… sino aprender a convivir con todas sus versiones. Incluso con esa niña que, desde el pasado, la siguió amando sin condiciones.
















La Frecuencia 107.9



Capítulo 1 — La radio que despertó a medianoche

El reloj marcaba las 12:00 en punto cuando la vieja radio del cuarto de Sofía se

encendió sola.

Ella se sobresaltó. Nadie la había tocado; ni siquiera estaba conectada correctamente.

Era un aparato antiguo que había encontrado en el trastero, lleno de polvo y recuerdos

que no le pertenecían.

De la radio salió un suave zumbido, como si estuviera respirando. Luego, una voz joven,

cálida, apenas quebrada:

—¿Hay… alguien escuchando?

Sofía sintió un escalofrío.

No era un locutor. No sonaba como una grabación. Sonaba como alguien que hablaba…

en ese mismo instante.

—Mi nombre es Daniel —continuó la voz—. Si estás ahí, por favor… responde.

Ella se acercó lentamente, sin saber si debía hablar o apagarla. Su corazón latía con

fuerza. Finalmente, susurró:

—Te escucho…

La radio hizo un pequeño chasquido, como si se alegrara.

—Al fin —dijo Daniel—. Alguien en esta frecuencia…

Sofía no lo sabía aún, pero esa noche cambiaría todo lo que creía del tiempo, del

destino y de sí misma.

Capítulo 2 — Conversaciones entre dos mundos

Cada noche, a las doce en punto, la radio se encendía.

Y Daniel hablaba.

No era un fantasma ni un ruido extraño. Era un adolescente como ella, de 16 años. Reía

con facilidad, describía la música que le gustaba, los lugares donde soñaba viajar, y las

cosas simples que lo hacían feliz.

Pero había algo extraño.

Daniel hablaba de fechas pasadas…

Muy pasadas.

—Hoy es 3 de junio de 1998… —decía sin pensarlo.

Sofía sintió que la sangre se le helaba la primera vez que lo dijo.

Ella sabía que era 2025.

Al principio creyó que era una broma, o una grabación antigua. Pero nunca repetía sus

palabras. Nunca decía exactamente lo mismo. Y respondía a lo que ella decía, siempre

con una precisión imposible de pregrabar.

—Daniel… —se atrevió a preguntar una noche—. ¿Sabes qué año es… para mí?

La radio guardó silencio.

—¿Qué… estás diciendo, Sofía?

—Es 2025.

—Eso no puede ser…

Hubo un largo silencio en la frecuencia.

Y ella escuchó algo que nunca había oído en su voz: miedo.

Capítulo 3 — El secreto en la estática

Desde esa noche, Daniel empezó a contarle cosas que jamás le había dicho.

—Mi padre arregló esta radio —explicó—. Dijo que podía captar señales “perdidas”, y

no le creí. Solo la encendí por curiosidad. En ese momento… te escuché. Y pensé que

era una estación pirata.

Sofía sonrió.

—No soy una estación pirata. Soy solo… alguien sola en su cuarto.

—Yo también —respondió él—. Más solo de lo que admito.

Las conversaciones se volvieron íntimas y profundas.

Él le contaba cómo se sentía atrapado en una vida que no era suya.

Ella le confesaba que no sabía quién era, ni hacia dónde ir.

Pero había algo que no podían ignorar:

Entre ellos había 27 años de distancia.

Y, a pesar de eso…

Cada noche se buscaban en la misma frecuencia.

Hasta que un día, la voz de Daniel sonó apagada, casi triste:

—Sofía… siento que algo va a pasar. La señal se corta por momentos. No sé cuánto

tiempo más podré escucharte.

Sofía sintió un nudo en el pecho.

—No me dejes —susurró.

La radio soltó un suave zumbido.

—No lo haré… mientras tú sigas buscándome.

Capítulo 4 — El día que la radio dejó de hablar

Llegó una noche de tormenta.

El cielo gruñía y la lluvia golpeaba la ventana.

Sofía esperó.

El reloj marcó las 12:00.

Nada.

—Daniel… —susurró—. ¿Estás ahí?

Solo escuchó estática.

Un ruido vacío.

—Por favor… responde…

Nada.

Las lágrimas le cayeron sin darse cuenta.

Era extraño llorar por alguien que jamás había visto.

Pero había sentido que Daniel era la única persona que realmente la escuchaba.

Una semana pasó.

Sofía lo intentó todo: cambiar el dial, golpear la radio, revisar los cables.

Pero la frecuencia 107.9 estaba muerta.

Hasta que una noche, cansada de llorar, susurró:

—Si de verdad estás en 1998… espero que estés bien.

Espero que sigas soñando.

Espero que no me olvides…

Entonces lo escuchó.

Un chispazo.

Un latido en la estática.

—Sofía…

La voz sonó lejos, como si luchara por atravesar un túnel de tiempo que se

desmoronaba.

—Jamás te olvidaría… aunque el tiempo nos separe…

Y se cortó.

Para siempre.

Capítulo 5 — La última señal

Años después, Sofía cumplió la mayoría de edad.

Creció. Cambió.

Pero jamás volvió a escuchar la frecuencia 107.9.

Hasta que una tarde, revisando un baúl antiguo en el ático de la casa de su abuela,

encontró algo que detuvo su respiración.

Una foto.

Una foto de un chico sonriente, de unos 16 años, sosteniendo una radio idéntica a la

suya.

Atrás, escrito con tinta azul temblorosa, decía:

“Para quien escuche esto algún día.

Mi nombre es Daniel.

Y si lees esta foto… es porque nuestra señal cruzó el tiempo.”

Sofía sintió que el corazón le temblaba.

Él había intentado dejarle un mensaje.

Había confiado en que, de algún modo, algún día, en algún lugar del tiempo y el

espacio… ella lo encontraría.

Esa noche, como un ritual, bajó al cuarto y encendió la radio.

Sabía que no funcionaría.

Pero la encendió igual.

La estática llenó la habitación.

Y justo cuando iba a apagarla, escuchó algo:

Una risa tenue, juvenil, cálida.

La misma que recordaba.

—Sofía…

—Daniel…

La radio parpadeó y él dijo:

—Algunos destinos no necesitan tiempo.

Solo necesitan un recuerdo para volver.

Sofía cerró los ojos.

Y por un instante, sintió que no estaba sola.










LA LUCIÉRNAGA QUE NO QUERÍA BRILLAR

 

LA PEQUEÑA LUCIÉRNAGA QUE NO QUERÍA BRILLAR



Autora: María Tambaco


Capítulo 1: La luciérnaga tímida

En el Bosque Susurrante vivía Lili, una pequeña luciérnaga con unas alas suaves como pétalos y una luz que, aunque hermosa, ella nunca dejaba encendida.

Mientras todas las demás luciérnagas iluminaban las noches con destellos dorados, Lili se escondía detrás de las hojas.

—No quiero brillar —susurraba—. ¿Y si todos me miran? ¿Y si mi luz es muy rara?

Las otras luciérnagas jugaban a dibujar círculos brillantes en el aire, pero Lili prefería observar desde la oscuridad, deseando en secreto poder unirse… aunque no se atrevía.


Capítulo 2: La noche más oscura

Una noche, el bosque quedó más oscuro de lo normal. Las nubes cubrieron la luna y ni siquiera las estrellas podían verse.

Los animalitos del bosque se confundieron:
El conejito Brinco chocaba con las raíces, la ardillita Nuez no encontraba su nido, y el búho Oto batía sus alas preocupado.

—¡Oh, no! —dijo Brinco—. ¡No vemos nada!

Oto, desde lo alto, llamó:

—¿Habrá alguna luciérnaga que pueda guiarnos?

Todas las luciérnagas estaban dormidas… excepto Lili, que escuchó todo desde la rama donde se escondía.

Sintió su corazón latiendo muy rápido.
Ella sí podía brillar… pero, ¿se atrevería?


Capítulo 3: La luz que nació del valor

Lili temblaba, pero vio a Brinco tropezar otra vez.
Vio a Nuez abrazarse la cola con miedo.
Vio que el bosque necesitaba una luz, por pequeña que fuera.

—Puedo hacerlo… un poquito —se dijo.

Y con un profundo respiro, dejó escapar un pequeño destello.

¡Plim!
Su luz brilló suave, como una estrellita recién nacida.

Los animales levantaron la vista.

—¡Una luz! —gritó Nuez feliz.

Lili, todavía temblando, voló despacito hacia ellos.
Mientras avanzaba, su luz crecía un poquito más… y un poquito más…
Hasta que el bosque comenzó a verse nuevamente.

—Gracias, Lili —dijo Oto—. Tu luz es hermosa.

Por primera vez, Lili no quiso esconderse.


Capítulo 4: La luciérnaga que iluminó el camino

Lili guió a los animalitos de regreso a sus hogares.
Los acompañó entre raíces, troncos y flores dormidas.
Cuando todos estuvieron a salvo, cada uno le dio un abrazo o unas gracias brillantes.

Esa noche, al volver a su hoja favorita, Lili sintió algo nuevo en su corazón:
orgullo por su luz.

Cuando las demás luciérnagas despertaron, Lili no se escondió.
Voló junto a ellas, dibujando círculos luminosos en el aire.

—No sabía que brillar podía sentirse tan bonito —pensó.

Y desde entonces, siempre que alguien necesitaba un poquito de luz, Lili estaba ahí…
con un destello cálido que nacía de su valentía.


Moraleja:

Cada niño tiene una luz especial dentro.
A veces solo necesita un poquito de valor para dejarla brillar.

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La Manzanita que Quería Ser Pera

 

🍎 La Manzanita que Quería Ser Pera



Autora: María Guadamud

Edad recomendada: 4 a 6 años

Valor de la autoaceptación.


CAPÍTULO 1: La manzanita curiosa

En un huerto soleado vivía Lina, una manzanita pequeña y redonda con un color rojo brillante. Cada mañana despertaba feliz en su árbol, pero un día vio algo que la dejó pensando.

Justo enfrente, en el árbol vecino, colgaban unas frutas largas y verdes que se movían suavemente con el viento.

—¡Qué elegantes son! —suspiró Lina—. ¡Yo quisiera ser como ellas!

Las otras manzanas se reían suavemente.

—Lina, tú ya eres hermosa —decían—. No necesitas ser diferente.

Pero Lina seguía mirando a las peras con mucha curiosidad.


CAPÍTULO 2: Lina intenta cambiar

Lina decidió que quería parecerse a ellas, así que empezó a estirarse día y noche.

—¡Un poco más larga y lo lograré! —decía.

Pero, aunque se esforzaba mucho, seguía siendo redondita.

Luego pidió ayuda al viento.

—Vientecito, ¿puedes soplarme para que me vuelva más larga?

El viento sopló, pero lo único que consiguió fue mover a Lina de un lado a otro.

—Lo siento, pequeña —dijo—. Yo puedo bailar contigo, pero no cambiar lo que eres.

Lina se sintió un poco triste. Pensaba que jamás sería tan especial como las peras.


CAPÍTULO 3: La tormenta inesperada

Una tarde, el cielo se puso gris y una tormenta llegó al huerto.

El viento soplaba fuerte, las ramas se movían de un lado a otro y algunas frutas temblaban. Lina también tenía miedo.

Entonces escuchó un grito:

—¡Ayuda! ¡Me caigo!

Era Perita, una pera que estaba a punto de desprenderse de su rama. Lina, que era más redondita y estaba muy bien sujeta, movió su ramita lo más que pudo.

—¡Aguanta! —dijo—. ¡Voy a ayudarte!

Gracias a su forma redonda y firme, Lina logró empujar a Perita hacia una parte más segura de la rama.

Cuando la tormenta terminó, Perita la miró con una gran sonrisa.

—¡Me salvaste! Eres muy fuerte. ¿Cómo lo hiciste?

Lina se sorprendió.

—No lo sé… Creo que fue porque soy redondita.

Las peras del árbol vecino murmuraron admiradas.


CAPÍTULO 4: Lina descubre su valor

Al día siguiente, el sol brilló otra vez. Las hojas estaban frescas por la lluvia y todo el huerto olía a tierra húmeda.

Perita visitó a Lina.

—Quería decirte algo importante —dijo con voz suave—. No necesitas parecerte a nadie más. Tú eres especial tal como eres.

Lina sintió que su corazón de fruta se llenaba de alegría.

—Supongo que sí… —respondió—. Aunque sea redonda y pequeña, puedo hacer cosas grandes.

Desde ese día, Lina dejó de compararse y comenzó a disfrutar de su propio color, su forma y su sabor. Descubrió que cada fruta del huerto tenía algo único que compartir.

Y cuando veía a las peras del árbol de enfrente, ya no suspiraba con tristeza, sino con una gran sonrisa.

—Yo soy Lina, la manzanita redondita —decía—. ¡Y estoy feliz de ser yo!

FIN

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La Pequeña Célula que Soñaba con Ser Gigante

 La Pequeña Célula que soñaba con ser Gigante




🌟La Ciudad de los Juguetes Olvidados🌟



🌟La Ciudad de los Juguetes Olvidados🌟 



Autora: Leslie Angulo Chalar
Valor central: Respeto, cuidado y responsabilidad


Capítulo 1: El Cofre Misterioso

Mateo, un niño curioso y alegre, encuentra en el ático de su casa un cofre viejo cubierto de polvo. Al abrirlo, descubre un trompo antiguo que brilla como si guardara magia dentro. Al hacerlo girar, un remolino de luz aparece y lo transporta a un lugar desconocido: una ciudad colorida y silenciosa, hecha completamente de juguetes. Aunque el lugar parece hermoso, hay algo triste en el aire. Mateo siente que ha llegado allí por una razón especial.


Capítulo 2: Los Juguetes que ya No Sonreían

En la ciudad, Mateo conoce a Lili, una muñeca de trapo con una sonrisa cosida que ya casi no se nota. Ella le explica que ese lugar es “La Ciudad de los Juguetes Olvidados”, donde llegan todos los juguetes que los niños dejan de cuidar. Muchos están rotos, tristes o cubiertos de polvo. Mateo se sorprende al reconocer entre ellos a su viejo carrito rojo, aquel del que se deshizo sin pensarlo. Los juguetes le cuentan que la ciudad se está apagando porque los niños en el mundo han comenzado a olvidar el valor de cuidar lo que tienen.


Capítulo 3: La Misión de Mateo

Mateo se siente culpable y decide ayudar. Lili le dice que la ciudad solo puede salvarse si un niño reconoce sus errores y demuestra que sabe cuidar. Para lograrlo, Mateo debe encontrar el “Corazón de Chispas”, un cristal escondido en la torre más alta, capaz de devolver vida y alegría a los juguetes. Durante su recorrido enfrenta desafíos: reparar un oso sin un botón, rescatar un robot atrapado y limpiar una cometa rasgada. Con cada acto de cuidado, la ciudad recupera un poquito de brillo. Mateo aprende que cada juguete, por pequeño que sea, tiene sentimientos y recuerdos.


Capítulo 4: La Luz Regresa a la Ciudad

Cuando finalmente encuentra el Corazón de Chispas, Mateo lo coloca en el centro de la plaza. Una gran luz se expande y todos los juguetes vuelven a sonreír. Lili le agradece por su bondad y le dice que puede regresar a casa, pero que nunca olvide lo aprendido. De pronto, el trompo vuelve a girar y Mateo despierta en su habitación, sosteniéndolo entre las manos. Desde ese día, cuida sus juguetes con amor, los repara cuando se dañan y comparte con otros niños el valor de respetar y valorar lo que tienen.  




Nina y el Conejo de los Deseos

 Nina y el Conejo de los Deseos



El Hada que Perdió su Brillo

El Hada que Perdió su Brillo



Autora: Nazareno Banguera Jhuliana

 Capítulo 1: El Bosque de las Luces Vivientes

En un bosque encantado, donde las flores hablaban y los ríos reían, vivían las hadas de la luz. Cada una tenía un brillo distinto: dorado para la alegría, azul para la sabiduría y rosado para el amor.
Lía, una hada joven con alas relucientes, era la más brillante de todas. Le encantaba que todos la miraran, y pasaba horas frente a los pétalos del lago, admirándose como si fueran espejos. Pero a veces se burlaba del brillo tenue de otras hadas sin saber cuánto las hería.


💫 Capítulo 2: El Día que la Luz se Apagó

Una mañana, mientras el bosque despertaba, Lía notó que su luz ya no iluminaba. Intentó volar, pero sus alas estaban opacas. Las demás hadas la miraron con sorpresa.
Lía corrió al lago, pero su reflejo ya no brillaba. Entre lágrimas, fue a pedir ayuda a la anciana Hada del Cristal, quien le dijo con voz suave:

“Tu luz no se ha ido, pequeña… solo se ha escondido detrás de tus palabras. El brillo no se lleva en las alas, sino en el corazón.”
Confundida y asustada, Lía decidió emprender un viaje para encontrar su luz perdida.


🌿 Capítulo 3: El Viaje del Corazón

Durante su travesía, Lía conoció a seres del bosque que necesitaban ayuda: un caracol atrapado entre ramas, una mariposa sin rumbo, y un lucero caído del cielo.
Sin pensarlo, los ayudó uno a uno. Cada vez que lo hacía, una chispa volvía a brillar en sus alas.
Pronto entendió que su luz regresaba no cuando era admirada, sino cuando hacía brillar a los demás.


🌟 Capítulo 4: El Regreso de la Luz

Lía volvió al bosque. Sus alas brillaban de nuevo, pero de una luz distinta: suave, cálida, llena de amor. Las demás hadas la recibieron con alegría, y Lía les pidió disculpas por haberse burlado.
Desde ese día, se convirtió en el hada que enseñaba a las más jóvenes que la verdadera belleza no se ve, se siente.

El Bosque de las Luces Vivientes resplandeció más que nunca, porque todas las hadas comprendieron que cuando una comparte su luz, el mundo entero brilla con ella.

🕯️ La linterna del corazón



🕯️ La linterna del corazón

TINA, LA TORTUGA QUE SOÑABA CON VOLAR

TINA, LA TORTUGA QUE SOÑABA CON VOLAR 


Capítulo 1: Tina y su gran sueño

En un estanque tranquilo, Tina la tortuga se despertaba cada mañana mirando al cielo. Mientras las demás tortugas descansaban al sol, ella soñaba con volar. Los pájaros y mariposas pasaban veloces y ella deseaba sentir el viento en su cara.
—“¡Las tortugas no vuelan!” —decían los sapos riendo.
—“Eres demasiado lenta” —añadían las libélulas.
Pero Tina decidió que, aunque todos se rieran, ella iba a intentar cumplir su sueño.


Capítulo 2: Un deseo compartido

Tina comprendió que necesitaría ayuda. Caminó entre las flores y juncos para hablar con sus amigos: Paco el castor, experto en construir cosas, Lila la mariposa, sabia en el arte del viento, y Rufi el colibrí, veloz y valiente.
—“Si trabajamos juntos, tal vez podamos lograrlo” —dijo Tina con esperanza—.
Sus amigos aceptaron emocionados el desafío.


Capítulo 3: Planes y primeros intentos

Los amigos comenzaron a idear un plan. Paco diseñó una estructura con ramas y hojas, Lila explicó cómo usar el viento y Rufi practicó maniobras rápidas en el aire. Hicieron varios intentos, pero cada vez Tina caía al agua.
Rieron y se animaron mutuamente, entendiendo que los errores eran parte del aprendizaje.


Capítulo 4: La cometa mágica

Después de varios días, crearon una cometa especial. Estaba hecha de hojas secas, pétalos y plumas, con un toque de magia que solo la amistad podía dar. Cada pieza representaba un esfuerzo y un momento compartido entre ellos.
—“Esta vez seguro funcionará” —dijo Paco con entusiasmo—.
Tina sentía mariposas en el estómago y el corazón lleno de esperanza.


Capítulo 5: El gran día del vuelo

El viento soplaba fuerte y el estanque estaba lleno de luz. Tina se subió a la cometa y, con un empujón de Rufi y el viento de Lila, comenzó a elevarse. Por unos segundos, flotó sobre el agua y las flores, viendo todo desde el cielo.
—“¡Estoy volando!” —exclamó, mientras todos sus amigos aplaudían.


Capítulo 6: La caída y la lección

Al caer suavemente sobre el agua, Tina comprendió algo importante: no importaba la altura ni la duración del vuelo. Lo que verdaderamente contaba era haberlo intentado y haberlo hecho junto a sus amigos. Se dieron abrazos y risas, celebrando no solo el vuelo, sino la unión que habían creado.


Capítulo 7: Un sueño que inspira

Desde ese día, cada vez que sopla el viento, las flores del estanque parecen aplaudir. Tina ya no solo es la tortuguita curiosa, sino un ejemplo de que los sueños pueden cumplirse si se cree en ellos y se comparte con amor.
Los animales del estanque aprendieron que la perseverancia y la amistad son mágicas, y que ninguna meta es imposible cuando se trabaja en equipo.

Lulú y el pez dorado del pacífico

 Lulú y el pez dorado del pacífico



Capítulo 1: El secreto del mar brillante


En un pequeño pueblo costero de Esmeraldas, vivía Lulú, una niña alegre y curiosa que amaba el mar. Cada tarde, ayudaba a su abuelo pescador a recoger las redes mientras el sol se escondía pintando el cielo de naranja y violeta.

Un día, al revisar las redes, Lulú encontró algo sorprendente: un pequeño pez dorado que brillaba como si tuviera el sol atrapado en sus escamas. Pero el pez no se movía. Con mucho cuidado, Lulú lo tomó entre sus manos, sintiendo que algo mágico estaba por suceder.

Lulú colocó al pez con cuidado en el agua, y en ese momento el mar comenzó a brillar como si millones de estrellas hubieran caído del cielo. El pez movió sus aletas con suavidad y habló con voz dulce:

—Gracias, Lulú. Me salvaste la vida. Soy el guardián del Pacífico. Te concederé un deseo.

Lulú, con el corazón lleno de emoción, respondió sin dudar:

—Deseo que mi pueblo siempre tenga comida, pero sin dañar el mar.

El pez dorado asintió, y su luz se extendió por toda la costa, llenando el aire de esperanza y magia.


Capítulo 2: El regalo del pez dorado

Al amanecer, Lulú notó algo mágico: las aguas del mar eran más claras y tranquilas. Los peces grandes nadaban libres, y los pequeños jugaban entre los corales sin miedo.

Las redes de los pescadores ya no atrapaban a los peces bebés ni rompían los corales del fondo. Todo parecía lleno de vida y alegría, como si el mar estuviera cantando bajo el sol.

Pero no todos estaban felices. Algunos pescadores se enojaron porque ahora capturaban menos peces.

—¿Cómo alimentaremos a nuestras familias? —se preguntaban preocupados.

Lulú decidió reunir a todos los pescadores. Con voz firme y dulce, les contó su secreto:

—El pez dorado me enseñó que el mar se enferma cuando se toma más de lo necesario. Si cuidamos el mar, él nos cuidará también.

Su abuelo fue el primero en creerle. Entonces, los pescadores comenzaron a usar redes nuevas, más pequeñas y suaves, que no dañaban a los animales marinos.


Capítulo 3: La promesa del Pacífico

Una noche de luna llena, Lulú siguió un canto que provenía del mar y encontró al pez dorado brillando entre las olas. Él le dijo que su deseo se había cumplido: su pueblo ahora vivía en paz y armonía con el océano.

Con una sonrisa, Lulú sintió que su corazón y el del mar latían al mismo ritmo, sellando para siempre su amistad con la naturaleza.

El pez dorado prometió que el mar siempre sería generoso con quienes cuidaran su vida. Desde entonces, los niños de Esmeraldas lanzan piedras al mar para pedir deseos, y una ola dorada les responde con un brillo mágico.

Así, el pueblo recordó por siempre a Lulú, la niña que comprendió el lenguaje del océano y enseñó a vivir en armonía con él.

 

La princesa que no quería corona

La Princesa que No Quería Corona


Tomás y la Tortuga del Tiempo

 Tomás y la Tortuga del Tiempo



Autora: Guevara Rojas Vivien Neyive

Capítulo 1: El niño que quería crecer rápido

Tomás era un niño curioso que siempre decía:
—¡Quiero ser grande ya! Quiero hacer todo lo que hacen los adultos.

Vivía apurado, sin disfrutar de los juegos, ni de las tardes con sus amigos. Su abuela solía decirle:
—Todo llega a su tiempo, pequeño. El sol no amanece más rápido solo porque tengamos prisa.

Pero Tomás no entendía. Pensaba que si pudiera adelantar los días, sería más feliz.

Una noche, mientras miraba las estrellas desde su ventana, escuchó una voz suave y pausada que decía:
—Si tanto deseas adelantarte al tiempo… puedo ayudarte.

Del reflejo de la luna apareció una tortuga brillante con un reloj en el caparazón. Era la Tortuga del Tiempo.

Capítulo 2: El viaje a través de los segundos

La tortuga le ofreció a Tomás un trato:
—Si me acompañas, te mostraré cómo viaja el tiempo. Pero debes prometerme que observarás con atención.

Tomás aceptó sin pensar. Subió sobre su caparazón y, con un destello dorado, viajaron entre relojes flotantes y estrellas que giraban como agujas.

Primero llegaron a un campo donde una flor intentaba abrirse a la fuerza. Tomás sopló para ayudarla, pero la flor se marchitó.
—¿Ves? —dijo la tortuga—. Las cosas hermosas necesitan su propio ritmo.

Después visitaron una granja donde un pollito rompía su cascarón. Tomás quiso ayudarlo, pero al hacerlo, el pollito no pudo sobrevivir.
—Al apresurar el tiempo —dijo la tortuga con tristeza—, quitamos la oportunidad de aprender y crecer.

Tomás comenzó a entender que la prisa podía romper la magia natural de las cosas.

Capítulo 3: El día que no tenía minutos

De pronto, la tortuga lo llevó a un pueblo donde los relojes habían desaparecido. Todo estaba desordenado: los niños no sabían cuándo jugar, las flores no sabían cuándo abrirse, y los adultos corrían sin rumbo.

Tomás preguntó:
—¿Qué pasó aquí?

—Olvidaron respetar al tiempo —respondió la tortuga—. Quisieron hacerlo correr y lo perdieron.

Tomás intentó arreglar los relojes, pero ninguno funcionaba. Entonces comprendió que el tiempo no se mide con agujas, sino con momentos que se viven y se disfrutan.

Con el corazón lleno de tristeza y sabiduría, abrazó a la tortuga.
—Quiero volver. Prometo que esperaré con paciencia cada día que venga.

Capítulo 4: El regreso y la promesa

Tomás despertó en su cama, con la luz del amanecer. En su mesa había una diminuta concha de tortuga que brillaba como un reloj de arena.

Desde ese día, Tomás dejó de apresurar el futuro. Jugaba, escuchaba, ayudaba y se reía sin preocuparse por crecer rápido.

Cuando alguien le preguntaba por qué ya no decía “quiero ser grande”, él sonreía y respondía:
—Porque el tiempo camina despacio… ¡y tiene mucho que enseñarme!

🌿 Moraleja:


La paciencia es la llave del crecimiento.
El tiempo no debe apresurarse; debe vivirse con amor, calma y gratitud.

NUBE DE ALGODÓN

NUBE DE ALGODÓN



Autora: Zaskia Cedeño

Edad recomendada: 4 a 6 años

Un cuento sobre la amabilidad


Capítulo 1: La nubecita que vivía en el cielo

En lo alto del cielo vivía Nube de Algodón, una nubecita muy esponjosa y blanca como el azúcar. Le encantaba flotar despacito, mirando cómo los niños jugaban en los campos y cómo los animales descansaban bajo los árboles.

Pero, a veces, Nube de Algodón se sentía pequeña entre las nubes grandes y grises que hacían lluvias fuertes.
—Yo también quiero ayudar al mundo —susurraba—, aunque sea pequeñita.

Un día, escuchó un sonido suave desde abajo. Era una flor marchita que pedía agua.
Nube de Algodón decidió bajar un poquito… y algo maravilloso empezó.


Capítulo 2: La lluvia más suave del mundo

Con mucho cuidado, Nube de Algodón apretó su pancita esponjosa.
Plin… plin… plin.
Cayeron gotitas de agua, tan suaves como un abrazo.

La flor, sorprendida, abrió sus pétalos.
—¡Gracias! Me sentía muy sedienta —le dijo feliz.

Nube de Algodón sintió algo calentito dentro: ¡había ayudado a alguien!
A partir de ese día, comenzó a visitar los jardines, los huertos y los bosques. Donde veía plantas cansadas o tierra seca, dejaba caer su lluvia suave y gentil.

Las plantas crecían, los animales bebían, y todos empezaron a querer mucho a la nubecita bondadosa.


Capítulo 3: El día del viento travieso

Una mañana, un viento fuerte y juguetón pasó por el cielo.
—¡Hooooola, nubecita! —dijo soplando—. ¿Jugamos a empujarnos?

Antes de que Nube de Algodón respondiera, el viento la arrastró hacia donde no quería ir. Terminó tan estirada que casi perdió su forma.

—¡Ay! —dijo Nube de Algodón, preocupada—. Si me desarmo, ¿cómo podré ayudar?

El viento, al darse cuenta, frenó el juego.
—Perdón, no quería asustarte —dijo apenado—. Yo solo quería divertirme.

Nube de Algodón respiró profundo.
—Está bien. Pero debes ser suave conmigo, igual que yo lo soy con los demás.

El viento sonrió y la ayudó a recuperar su forma esponjosa. Desde entonces, se convirtió en su amigo y la llevaba despacito a los lugares donde la necesitaban.


Capítulo 4: La lluvia que cambió un día entero

Un día, Nube de Algodón vio a un grupo de niños tristes porque su huerto se estaba secando.
—No crece nada… —decían—. ¡Qué pena!

La nubecita bajó lentamente, y con una sonrisa redondita dejó caer su lluvia suave, fresquita y brillante.

—¡Miren! ¡La tierra vuelve a vivir! —gritó una niña.
—¡Gracias, nubecita! —dijeron todos.

Las plantas comenzaron a brotar, verdes y felices.

Nube de Algodón sintió que brillaba un poquito más. Había descubierto que, aunque fuera pequeña, su amabilidad tenía el poder de cambiar días tristes en días hermosos.

Desde entonces, viaja por el cielo, repartiendo gotitas de cariño donde más se necesitan.
Porque la amabilidad, aunque sea chiquita, hace un mundo enorme.

FIN 

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