- Inicio »
- Odalia Arboleda »
- Cartas a un yo que ya no existe
CAPÍTULO I — El Cajón Olvidado
Ella tenía diecisiete años cuando encontró la caja. Estaba al fondo del viejo armario, detrás de ropa que ya no usaba y recuerdos que había querido olvidar. Era una cajita azul, con las esquinas gastadas y un listón medio deshecho. No recordaba haberla guardado ahí. Cuando la abrió, se encontró con algo que la dejó sin aliento: cartas. Muchas. Todas escritas por ella misma… a los trece años. Cada sobre tenía su letra temblorosa y una fecha escrita con plumón morado. Había una para “cuando cumplas 15”, otra para “cuando estés triste”, otra para “cuando te sientas sola”, y muchas más. Pero ninguna había sido abierta. Sintió un peso en el pecho. “¿Por qué dejé de ser esa niña?” Se sentó en el borde de la cama y decidió leer la primera. Fue como escuchar una voz que llevaba años callada.
CAPÍTULO II — La Voz Que Había Perdido
La carta decía: "Hola, yo del futuro. Ojalá sigas siendo fuerte, ojalá no te hayas rendido. Y por favor… no olvides lo que te hace feliz." La adolescente se quedó quieta. De repente, recordó que a los 13 años soñaba con ser escritora, con pintar, con reír por cualquier tontería. Recordó que se levantaba cada día con ilusión por el simple hecho de existir. Ahora… ya no era así. Sintió un nudo en la garganta. La niña que alguna vez fue parecía más sabia que ella. Decidió leer otra carta. "Espero que sigas creyendo en ti. Si no lo haces, vuelve aquí. Yo aún creo en ti." Lloró. Lloró porque se dio cuenta de cuánto se había dejado caer sin darse cuenta. Lloró porque esa niña la conocía mejor que nadie. Y esa noche, antes de dormir, tomó una decisión: le respondería.
CAPÍTULO III — Respuesta a un Fantasma Sacó una hoja en blanco.
Sus manos temblaban. "Hola, pequeña. No sé si soy la persona que querías que fuera. De hecho, creo que te fallé varias veces. Me alejé de lo que amabas, dejé de soñar y dejé que el mundo me hiciera sentir pequeña." Hizo una pausa y siguió: "Pero encontrarte hoy… me hizo recordar quién era. No te prometo que seré fuerte todos los días. Pero sí te prometo que intentaré volver a ser tú, aunque sea un poquito." Dobló la carta, respiró hondo y la guardó en la misma caja. Era la primera vez, en mucho tiempo, que sintió algo parecido a alivio. Como si por fin hubiera hablado con la parte de ella que siempre estuvo esperando ser escuchada.
CAPÍTULO IV — Aprender a Habitarse
Durante las siguientes semanas abrió una carta cada noche. Algunas hablaban de sueños con lugares que nunca visitó. Otras, de miedos que aún llevaba dentro. Otras, de personas que ya no existían en su vida. Una le dolió especialmente: "Si algún día sientes que estás sola, recuerda que yo estoy contigo. Porque tú eres yo… solo que más grande." Se dio cuenta de que había pasado años enteros ignorándose. Intentando encajar, intentando no sentir, intentando crecer demasiado rápido. Ahora entendía algo: la adolescencia no era solo crecer hacia adelante, sino también aprender a regresar. A veces, para seguir, debía volver atrás. Regresar a la niña que sabía quién era antes de olvidarse.
CAPÍTULO V — La Última Carta
Un día encontró un sobre sin abrir, sin fecha, sin título. Lo abrió con cuidado. Adentro solo había una frase: "Cuando leas esto… ya no me necesitarás." Se quedó mirando esas palabras largo rato. Y por primera vez, no sintió tristeza, sino una especie de libertad suave. No necesitaba a su yo del pasado porque había aprendido a escucharse en el presente. Guardó la caja, pero no para esconderla. La puso sobre su escritorio, como quien cuida un tesoro. Y esa noche escribió la carta final: "Gracias por esperarme. Ya estoy de vuelta." Cerró el sobre, respiró profundo y sonrió. Porque entendió que crecer no era olvidar quién había sido… sino aprender a convivir con todas sus versiones. Incluso con esa niña que, desde el pasado, la siguió amando sin condiciones.